29.5.16

Vida inteligente

Audrey me escribió una nota. Pero no puedo verla.
En su lugar, me dispongo a cerrar la ventana, el cielo ha empezado a llorar. Creo que de alegría. Con todo, me quedo mirando desde las alturas, como un vencejo. Las risas como me caiga.

Veo un puñado de gorriones. Volando contra un viento que casi se lleva los ni 35 gramos que pesarán. Deciden posarse, bajo unos rosales. Y ven pan: oh, la vida [Nota: El pan blanco no es buen alimento para pájaros. De hecho, es malísimo. Pero les encanta.]. No se pelean, porque son demasiado elegantes para ello. Se persiguen los unos a los otros.

En esto llegan dos urracas. Se colocan cada una en las ramitas de dos árboles bajos. Otean el panorama. Hay lluvia, deberían salir lombrices en nada. Ricas lombrices.

Una, impaciente, hace un vuelo que bien mirado es una acrobacia perfectamente calculada. Sin tocar el suelo, agarra otro mendrugo de pan y se va más lejos de lo que puedo ver desde mi estática ventana.
La otra se decide. Baja. Se posa en el suelo. Con calma, con pequeños saltitos, agarra un trozo de pan. Avanza bajo el rosal y ve otro. Y oh, la vida. Deja caer el primero, coge el segundo. Tira el segundo, coge el primero.
¿Por qué elegir?

En una maniobra que era incapaz de pensar, agarra ambos. No sé muy bien cómo. Y prosigue. Ve un tercer tesoro. Y coger dos era fácil. Agarra los tres y se va. Sus plumas timoneras se despliegan según alza el vuelo, como diciendo adiós.

Los gorriones siguen con su juego, por un par de pedazos de pan. Pero aparece una señora, de aspecto bobalicón. Los que en ese momento son portadores del pan, se lo llevan, y el resto les sigue. La mujer prosigue su trayectoria, me atrevo a decir que dándose cuenta de nada y menos.

La escena la invade un hombre que podría decir que prácticamente camina hacia su jubilación, e igual que la señora, su cara desafía el concepto de evolución de Darwin, y no hablemos de percibir nada de lo que sucede.
Los gorriones repiten el baile, pero en esta ocasión, un macho que lleva un pedazo de pan vuela a un soportal. Sacia su hambre con el trozo que lleva, sobrando mucho. Lo deja caer. Se limpia el pico con el suelo, revuelve sus plumas y abandona el cacho de pan en el portal.

Todo mientras el resto sigue con su juego, cuando uno deja caer un trozo, otro se lo arrebata. Aparece una familia. Padre y madre son conscientes de la presencia de sus críos solo porque tienen pinta de ir haciendo bastante ruido, no hablemos de que puedan notar el juego de los gorriones.
Dos señoras en cortavientos van charlando, y el bello baile pasa desapercibido una vez más. Qué rabia, qué poca inteligencia, no pueden ver nada.

Deciden irse. Se han puesto de acuerdo. Alzan el vuelo. Gráciles los que van sin carga, graciosos los que sostienen pan en la boca. El viento les hace el viaje más entretenido.

Ha escampado, la calle vacía salvo por los rayos de sol. Separo mi frente del cristal y cierro la contraventana. Pienso. La vida más inteligente de esta sinfonía tenía alas. Torpes primates suponían sencillos escollos. Sinfonía en silencio, y eso que gorriones y urracas son paseriformes. Bonitas melodías las suyas.
Y alguien me verá, pensando que no me doy cuenta del baile que ignoro, en mi mente, detrás de mí o sobre mi cabeza. Me verá y dirá: "más tonto que un vencejo".

Pero los vencejos solo son incapaces de levantar el vuelo. Viven volando, duermen volando, sueñan volando. ¿Cómo va a ser tonto un animal así? Solo que no canta.
De mí hablo otro día, que para bien o para mal, no soy ningún pájaro, aunque sí canto, si merece llamarse así.

Escrito bajo la influencia de un puñado de nocturnos de Chopin y otras tantas sonatas de Beethoven.