En ese recipiente cristalino pero de espesor variable vivían
sus metáforas. Nadaban, tranquilas, protegiendo, encubriendo, enturbiando y
rodeando a su ánimo.
Gris, plano, monótono, indiferente y un poco triste; como la
niebla ligera en un día nublado con un poco de viento. Pero el viento no tiraba
las hojas de los árboles, no helaban los charcos porque el frío no podía
combatir el calor de la niebla, pero este calor no podía crecer por las nubes.
La temperatura se perdía, el universo tiende a la entropía. Neutro, como el
agua, era su ánimo, para bien y para mal.
Pero precisamente el agua se revolvió cuando entró un gran
pez. Se comió sus metáforas, desnudó su
ánimo y trajo un candor que ya creía olvidado; una calidez en sus labios, en
sus abrazos, en su mirada, en su voz, en sus formas, en su pez, con su mierda,
con su preciosa mierda.
Un fuego pacía cálidamente por su lomo, un rojo fuego
que apareció envolviendo al pez, rodeando sus ojos.
Su tacto era suave como el terciopelo pese a ser un pez, y
su mirada albergaba toda la profundidad del más inmenso de los océanos del
conocimiento. Era un pez precioso: majestuoso, omnipresente, omnipotente,
maravilloso, sencillamente genial.
Como un mar tempestuoso mostrando toda su
fuerza.
Y de repente las nubes parecían escampar, las pastillas
tenían el triple de efecto y la vida pintaba casi tan maravillosa como ella. Pero
si la inmensidad del océano se veía en la mirada del pez, los siete mares
brotaron de las ventanas de su alma.
Nacieron lagos azules alrededor de sus ojos y desapareció
entre los charcos que el propio pez creó. Desapareció de la pecera y lo buscó,
lo buscó, lo buscó; sin éxito, sin éxito. Sin éxito.
Desconocía todo lo que
pudo conocer. Y por ello llamó a quien creyó que podía conocerlo, le contó todo
cuanto pudiese ayudar a encontrarlo pero no lo vieron más que una vez, cuando el pez se recostó sobre sus brazos.
Lo dejó descansar y cuando volvió, el pez ya no estaba. De nuevo.
Si bien estuvo solo y podría volver a ello, siguió buscando
al pez. Porque entre las aletas del pez se sentía mejor y sentía al pez más feliz cuando lo tenía entre sus brazos.
Echó un mensaje en una botella, lo tiró al mar gritando por favor y rogando a Poseidón que su pez supiese leer.
Entrada escrita bajo la influencia de:
Mogwai - Take Me Somewhere Nice
Chet
Baker - Almost Blue
Frédéric
Chopin - Nocturne n.20 in C# minor B.49
Chet
Baker - Everytime We Say Goodbye
Chet
Baker - Summertime
Chet
Baker - Tenderly