3:21.
No es una cuenta atrás. Es la hora.
40 minutos pasan. No quiero leer. No quiero escribir. Quiero
escribir. No puedo.
Hace frío. En el alma. O no. No lo sé. Se levantó. Es la
hora. Estaría bien saber algo, de vez en cuando. Por variar. Aunque solo sea
por variar. Por sentir algo nuevo. Por escuchar otra canción en la cabeza. Echo
de menos las certezas. O las cortezas. No estoy seguro. Otra vez. Otra puta
vez.
Creo que el día que escriba una frase que ocupe más de una
línea me van a dar un premio. Hablo de Word, no en Blogspot. Soy un triste, sí.
Son las 5 de la mañana. Largas. Y medias. Medias con un liguero, perfume barato
y zapatos de charol. Borracheras, ibuprofeno, resacas de café y té. Mentas
negras, alquitrán, bajando por la garganta. "Me siento dios". Pero
dios está muerto.
Dios está muerto y son casi las 7. Ha muerto, resucitado y
se ha metido dos cajas de ibuprofenos. Está tumbado, en la bañera, con la
cabeza tirada sobre un gel. O un champú. No más lágrimas. Y efectivamente ya no
lloraba.
No había más lágrimas porque tampoco había pulso. Y sin
pulso, no hay erección. Y ciertamente, no se levantó, ahí quedó, y la crónica
de la velada fue eterna, como su propia noche.
Amaneció.