3.7.14

Caos

Será que no será, que lo que fue, no es, y lo que no era, se ha tornado palpable y real. Irreal, sin embargo, es cómo ha cambiado todo. Hace un tiempo estaba cómodamente sentado, frente al espejo, esperando ver los cambios súbitamente, esperando que mi propia naturaleza me sorprendiese a mí mismo.
Y durante semanas no observé el más mínimo cambio.
Durante meses, todo siguió igual.
Pero entonces, escuché un chasquido. Era el asiento, había soltado un quejumbroso crujido. Retiré la mirada una milésima de segundo y cuando volví, no era el mismo. No sabía qué había cambiado, pero el cambio era brutal, aunque fuese incapaz de percibirlo con la vista. Intentaba concentrarme en otros posibles cambios, en lo nuevo, pero solo intentaba averiguar qué había cambiado. Mi propia naturaleza estaba jugueteando, divirtiéndose despistando a mi conciencia.
Cuando pensé que no me podría distraer más, apareció ella. Y aún no sé nada prácticamente, pero ahí estaba. Lejos, supongo, y a la vez tan cerca. Sé que no sé nada de ella. Y de eso, al contrario que cierto griego, estoy muy seguro. Segurísimo. Bueno, no, no estoy seguro, porque sé una cosa más. Y es que ella me da una cosa que llevaba sin notar mucho tiempo.
Ella me da alas.
Y sé que siempre que he tenido alas he acabado estrellándome contra el suelo gracilmente, como un suicida cualquiera que se lanzó desde el piso más alto del Empire State Building el jueves negro. Casualmente, hoy, sin estar en 1929, también es jueves. No sé si es negro, pero es jueves. Y aunque tenga seguro que cataré el sabor del asfalto, tarde o temprano, quiero elevar el vuelo. Pero si no viene ella, no podré emprender el vuelo. Ya, si tengo que caer, que sea cuanto más tarde, mejor.

Al final, Leonardo tenía razón:

"Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al Cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver."