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17.2.17

Perdámonos

Cuando estoy sobrio, consciente, lúcido... me fascina, me ablanda, me hace querer llorar de alegría la manera en la que cierta gente sigue estando ahí para dar un apoyo en todo momento.
Desde lejos, pero tan cerca que me duele. Con pocas palabras, pero analgésicas.

Supongo que es una suerte que no todo el mundo tiene. Y como buen afortunado la ignoro, no la valoro, y en mis cábalas le doy la vuelta mil veces. Juro que no quiero, y esto lo escribo triste, pero sobrio.

Cada día veo más ebria la sobriedad, y más desdibujada la ansiedad por los extremos. Antes ni alcanzaba a ver el borde. Ahora las placas crecen, y he llegado a estar sobre él. Pero no veo.
Porque puedo estar y estaré en la mismísima ciudad de las luces siendo un ciego, porque no hay luz que ilumine, sólo que brille. Sus reflejos da tanta luz como sea necesaria, pero no puedo vivir apantallado, con un paraguas entre mi mente y mis ideas.
¿Tan complicado es segmentar en tres cajones teninendo veinte separadores?


Por suerte o por desgracia no acostumbro estar sobrio (y cada vez menos), de manera que estas sensaciones se me escapan como el aire entre los dedos, porque en esos momentos la culpa es dueña y señora de mi mente, por llamarla de alguna manera. Porque un tablón roto en el camarote no se puede llamar timón.

Como siempre, Take me somewhere nice, de Mogwai. Eso y Chet Baker, pero Almost Blue se me queda muy corto. Completely Blue más bien.


Siento si este texto tiene fallos gramaticales, de coherencia o sencillamente es una basura. Me estoy cayendo de sueño, y lo que no es sueño, es tristeza.
Edit: He revisado el texto. No he cambiado ni una palabra de contexto, más que un par de letras colocadas al revés y alguna conjunción repetida. Sigue siendo una porquería, pero al menos es "coherente".
Aunque esté todo bien.

Nota: Cuando digo ebriedad no me refiero a alcohol.

2.10.14

Ser libre no siempre implica libertad

Érase que se era, hace mucho tiempo, o igual no tanto, un desdichado caballo. Ese caballo no tenía jinete humano que ocupase su espalda. Teóricamente era libre, pero eso no implica libertad. No se sentía libre, sino preso de sí mismo. Era esclavo de algo que, aunque él no supiese determinar con exactitud, a ciencia cierta se encontraba dentro de su ser. La mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple como podríamos creer.

Vagaba a paso cansado por las praderas de todo el continente, como agotado, desganado, herido. Sin ganas de dar un paso más, pero con menos de quedarse en el mismo sitio. Se veía forzado por su insatisfacción a moverse, pero sus patas le limitaban el rumbo. No era capaz de decidir qué sería mejor a largo plazo. No se sentía cómodo en manada. No era un caballo salvaje, únicamente estaba solo. Y ni él quería cabalgar con el resto de caballos, ni el resto de caballos lo querían cerca. No seguía el ritmo, estaba ciego y tenía carencias instintivas que podrían causar más de un accidente. Y tenía unos sentimientos nostálgicos hacia la luna que le distraían. Lloraba equinamente porque ya no podía verla.

Pero no siempre había sido así. En su día, había corrido, había saltado, veía y nadie le pisaba los cascos. Ni su sombra era capaz de perseguirle. Solía acostumbrar a echar carreras con el viento y esperar pastando a su sombra hasta que ella llegase. La luz de la luna era la única capaz de seguir su galope. Pero no era un caballo salvaje. No lo era, nunca lo sería y nunca lo fue. Pero cambió. Su jinete, un día, hizo un gesto que a él no le gustó. Hacía tiempo que él veía mal y sufría. Se le acercó con un colirio para facilitar que remitiese su dolor, pero él no lo entendió. El caballo, en pánico, rampó sobre sus patas traseras y le propinó un golpe a su jinete con su casco izquierdo. Le partió una clavícula y le provocó microfracturas en varias costillas cercanas. El jinete, cayó, hundido el sufrimiento sobre la paja del establo, y el caballo, que seguía alterado, salió por la puerta del recinto y escapó. Fue una de las últimas veces que vería la luna, y casi la última que lo recordaría.

Siguió corriendo varios días, hasta que un humano lo observó. Para entonces, solo veía sombras. Le pareció su mismo dueño. Hacían ruidos similares, timbre similar, y olían igual. Y la borrosa mancha que podía ver era similar. Pensó que tenía una segunda oportunidad, y se fue con él. Pero no sabía cuánto se equivocaba.

Todo fue idílico, perfecto, hasta pasados unos meses. Su trato era más frío, pero le trataban bien. Le obligaban a correr, pero no le importaba. Cada día veía menos, y gradualmente se quedó ciego. Su jinete, o mejor dicho, su amo, lo notó. Al no encontrar unas anteojeras a medida, usó unas más grandes y se las incrustó en la carne con unos ganchos. No veía nada, y le dolía mucho, pero todo era por no notar el viento en los ojos, para seguir corriendo. Pasaron los meses y su edad hizo mella. Se fracturó una pata, y, gracias a que le forzaron, la fractura se hizo irrecuperable. Ya no podía correr. Él lo sabía y su amo también.

A las dos noches, su amo se acercó por la noche, escopeta a la espalda, a enmendar un contratiempo. La descolgó y apuntó a la cabeza del caballo. Este no veía nada, pero cuando la escopeta por falta de uso reventó la parte de atrás del cañón, dejó a su dueño bañado en sangre y gritos en la oscura noche, rasgando la noche, alumbrada por la tenue luz de las estrellas. El caballo, asustado por los ruidos, volvió a rampar, como años antes y, de forma inconsciente, el casco de su pata mala fue a apoyar sobre el frágil cráneo del dueño de la escopeta, causando un muerto inesperado esa noche. Esa noche, la luna no apareció. No quiso ver la escena, para ahorrarse las lágrimas.

Su miedo le hizo olvidar su lesión y volvió a correr como hacía tiempo que no corría. Con las anteojeras todavía puestas y su pata herida, corrió hasta tranquilizarse. Entonces volvió a notar el dolor. Y varios días después, comenzaba el relato del caballo libre y esclavo de sí mismo. El caballo nunca lo supo, pero el daño que le causó a su jinete fue compensado por librar al mundo de su antiguo amo. Si existía algún tipo de karma equino, estaba a cero, compensado, pero él nunca lo supo y nunca lo sabría.

Vagó el resto de su vida, y cuando su nariz detectaba la presencia de algún humano, el ciego miedo acumulado le hacía correr y desvanecerse en los prados. El caballo murió, con su cabeza infectada por las anteojeras clavadas a la fuerza, solo, vagabundo por los prados, preso en su mente, encerrado en su propia jaula, llorando a la luna que echaba de menos, suplicando a las estrellas su vuelta.

Tampoco fue consciente de la moraleja de la historia, y es que ni la vida concede segundas oportunidades conscientemente, ni la bondad es algo que sobre en este mundo. La soledad no le permitió pensar en ello, la mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple, como ya dijimos, pero tiene sus tormentas. Tumultuosas y bruscas tormentas.

Y ni la luna puede aportar luz en el cielo nuboso de la tormenta.

27.7.14

De madrugada

Se cierne la noche sobre mi cabeza, las sombras se alargan, oscilan al deseo de las pocas luces presentes en la oscuridad. Todo se torna misterioso y desolador. Más de lo segundo que de lo primero, supongo.
De hecho, no tiene misterio alguno. El sol no brilla por la noche. Si hubiese luz no habría oscuridad. La única duda plausible es por qué razón sigo intentando buscar luz en medio de un bosque profundo, oscuro, tenebroso. No hay salvo un reguero plateado que a veces consigue discurrir entre hoja y hoja provocado por la triste luz lunar. Ilumina lo justo, pero no es suficiente, no lo es al menos para mí.

Vivo de noche, entre sombras y formas en distintos tonos de negro. Hace tiempo que no me encuentro. No hay nadie en casa. Nadie, absolutamente nadie. Hay un cuerpo, pero está dormido. Se mueve mucho, pero está, como poco, dormido. Quizás está drogado. Puede incluso que esté muerto y solo sean movimientos de Sommer. Sigue sin haber nadie.

No entiendo dónde tendría que estar, dónde debería encontrarme. Toda persona se encuentra en sí misma tras un rato de introspección, pero yo...  no. Sencillamente no me encuentro. Toda persona tiene objetivos. Yo quiero llegar a la meta, sea cual sea. Estoy cansado de esta carrera, porque no va a ningún lugar.

Busco mi sol de medianoche, mi faro en plena oscuridad, que me arranque de las sombras, que me haga encontrarme, que me dé la vida. Pero busco el sol de medianoche aquí, y solo aparece en los polos. Tendré que partir hacia el norte. O huir. Depende del juicio del lector, no sé si en este caso sería huir cobardemente o simplemente, ir. Pero lo necesito.
Y no puedo, no puedo irme, pero voy organizando mi plan de huida. Y todo en secreto, porque como se dijo muchas veces... "the show must go on".

Lo peor es que veo el sol de medianoche, o eso creo, que lo he localizado, pero apunta al norte, y, salvo que me dirija allí, no me alumbrará, yo seré siendo una mera esencia entre miles, inherente a las sombras, seguiré sin encontrarme, seguirá sin haber nadie en casa.

Nobody home...


"En el fondo, si no me sintiera morir, me podría creer ya muerto."
Samuel Beckett.