2.10.14

Ser libre no siempre implica libertad

Érase que se era, hace mucho tiempo, o igual no tanto, un desdichado caballo. Ese caballo no tenía jinete humano que ocupase su espalda. Teóricamente era libre, pero eso no implica libertad. No se sentía libre, sino preso de sí mismo. Era esclavo de algo que, aunque él no supiese determinar con exactitud, a ciencia cierta se encontraba dentro de su ser. La mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple como podríamos creer.

Vagaba a paso cansado por las praderas de todo el continente, como agotado, desganado, herido. Sin ganas de dar un paso más, pero con menos de quedarse en el mismo sitio. Se veía forzado por su insatisfacción a moverse, pero sus patas le limitaban el rumbo. No era capaz de decidir qué sería mejor a largo plazo. No se sentía cómodo en manada. No era un caballo salvaje, únicamente estaba solo. Y ni él quería cabalgar con el resto de caballos, ni el resto de caballos lo querían cerca. No seguía el ritmo, estaba ciego y tenía carencias instintivas que podrían causar más de un accidente. Y tenía unos sentimientos nostálgicos hacia la luna que le distraían. Lloraba equinamente porque ya no podía verla.

Pero no siempre había sido así. En su día, había corrido, había saltado, veía y nadie le pisaba los cascos. Ni su sombra era capaz de perseguirle. Solía acostumbrar a echar carreras con el viento y esperar pastando a su sombra hasta que ella llegase. La luz de la luna era la única capaz de seguir su galope. Pero no era un caballo salvaje. No lo era, nunca lo sería y nunca lo fue. Pero cambió. Su jinete, un día, hizo un gesto que a él no le gustó. Hacía tiempo que él veía mal y sufría. Se le acercó con un colirio para facilitar que remitiese su dolor, pero él no lo entendió. El caballo, en pánico, rampó sobre sus patas traseras y le propinó un golpe a su jinete con su casco izquierdo. Le partió una clavícula y le provocó microfracturas en varias costillas cercanas. El jinete, cayó, hundido el sufrimiento sobre la paja del establo, y el caballo, que seguía alterado, salió por la puerta del recinto y escapó. Fue una de las últimas veces que vería la luna, y casi la última que lo recordaría.

Siguió corriendo varios días, hasta que un humano lo observó. Para entonces, solo veía sombras. Le pareció su mismo dueño. Hacían ruidos similares, timbre similar, y olían igual. Y la borrosa mancha que podía ver era similar. Pensó que tenía una segunda oportunidad, y se fue con él. Pero no sabía cuánto se equivocaba.

Todo fue idílico, perfecto, hasta pasados unos meses. Su trato era más frío, pero le trataban bien. Le obligaban a correr, pero no le importaba. Cada día veía menos, y gradualmente se quedó ciego. Su jinete, o mejor dicho, su amo, lo notó. Al no encontrar unas anteojeras a medida, usó unas más grandes y se las incrustó en la carne con unos ganchos. No veía nada, y le dolía mucho, pero todo era por no notar el viento en los ojos, para seguir corriendo. Pasaron los meses y su edad hizo mella. Se fracturó una pata, y, gracias a que le forzaron, la fractura se hizo irrecuperable. Ya no podía correr. Él lo sabía y su amo también.

A las dos noches, su amo se acercó por la noche, escopeta a la espalda, a enmendar un contratiempo. La descolgó y apuntó a la cabeza del caballo. Este no veía nada, pero cuando la escopeta por falta de uso reventó la parte de atrás del cañón, dejó a su dueño bañado en sangre y gritos en la oscura noche, rasgando la noche, alumbrada por la tenue luz de las estrellas. El caballo, asustado por los ruidos, volvió a rampar, como años antes y, de forma inconsciente, el casco de su pata mala fue a apoyar sobre el frágil cráneo del dueño de la escopeta, causando un muerto inesperado esa noche. Esa noche, la luna no apareció. No quiso ver la escena, para ahorrarse las lágrimas.

Su miedo le hizo olvidar su lesión y volvió a correr como hacía tiempo que no corría. Con las anteojeras todavía puestas y su pata herida, corrió hasta tranquilizarse. Entonces volvió a notar el dolor. Y varios días después, comenzaba el relato del caballo libre y esclavo de sí mismo. El caballo nunca lo supo, pero el daño que le causó a su jinete fue compensado por librar al mundo de su antiguo amo. Si existía algún tipo de karma equino, estaba a cero, compensado, pero él nunca lo supo y nunca lo sabría.

Vagó el resto de su vida, y cuando su nariz detectaba la presencia de algún humano, el ciego miedo acumulado le hacía correr y desvanecerse en los prados. El caballo murió, con su cabeza infectada por las anteojeras clavadas a la fuerza, solo, vagabundo por los prados, preso en su mente, encerrado en su propia jaula, llorando a la luna que echaba de menos, suplicando a las estrellas su vuelta.

Tampoco fue consciente de la moraleja de la historia, y es que ni la vida concede segundas oportunidades conscientemente, ni la bondad es algo que sobre en este mundo. La soledad no le permitió pensar en ello, la mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple, como ya dijimos, pero tiene sus tormentas. Tumultuosas y bruscas tormentas.

Y ni la luna puede aportar luz en el cielo nuboso de la tormenta.

9.8.14

Concerto

Esta noche estuve de viaje. No sé si era en tren, bus o coche, pero viajé. Iba a Málaga. Y me daba cuenta de lo solo que se está fuera de casa. Lo único que viven en Málaga son un par de demonios internos míos que, sin hacerme sentir incómodo, me dejan impasivo.

Iban a ir conmigo, pero me dijeron que me adelantase. Pero después nadie vino. El viaje era una broma. Alguien pensaba que era muy gracioso mandar a alguien a Málaga solo para que cuando esperase a alguien, tuviese que darse cuenta solo de que no iría nadie más. Estaba en mitad de ninguna parte, sabiendo que, salvo esas dos personas que casi diría que odio, no conocía a nadie.

En otras circunstancias, habría intentado conocer a alguien. Habría intentado hacerme al terreno, camuflarme, ser parte del todo, moverme armoniosamente, como puede moverse una gota de agua en medio del mar. Pero yo soy yo, mis tonterías, mis estupideces y, ante todo, mis circunstancias.

Después desaparecí. Nadie sabe dónde estaba, ni yo sabía dónde estaba nadie, incluido yo mismo. Solo veía un escenario, a mis pies. Se extendía inmenso sobre el suelo. Solo había espacio a mis espaldas, estaba al borde, por mucho que retrocediese. Es el primer escenario en el que estoy que me ha provocado vértigo. Me giraba 180º y el espacio se colocaba a mi espalda siempre, como mi sombra, sin que pudiese girarme para verlo. Sabía que estaba allí, era consciente, pero no había forma de llegar. Porque ese espacio ya está caminado, lo que queda delante, que no es nada, es lo que tengo que caminar aún.

Imagino que tendré que apoyar el pie en el vacío con la convicción suficiente para que se formen los tablones, para que el escenario se extienda bajo mis pies. Pero no tengo ni seguridad para avanzar, ni motivos.

La verdad, ha sido una suerte que todo fuese un sueño. Jamás me he alegrado tanto de despertarme escuchando a mi hermana poniéndome a parir de fondo.

Aunque bien mirado, la vida es sueño, y según escribía todo esto me he dado cuenta de que las metáforas que mi mente es incapaz de proponer conscientemente lo hace en sueños. Y me estremecen por dentro, hace que me tiemble hasta el alma, si es que sigo gastando de esas.

Por hoy ya está bien. Total, no sé para qué tengo un blog, si no aporta nada a nadie. Ni a mí mismo.

7.8.14

Non-winged flight

Supongo que no se puede mantener el vuelo si no hay nada que te sostenga. Alas. O lo que quiera que sea. Puedes elevarte, pero lo que pretendes que sea un vuelo, que te lleve lejos, a otras tierras, a otros mundos, salir de tu universo aleteando, mirándolo como pidiendo perdón. No es su culpa, será tuya, pero no es aquí donde debo estar.

Esa elevación, mientras giras la cabeza con la mirada preparada, se termina antes de que nadie se dé cuenta de que te has levantado. Tú querías volar y has dado un saltito. Pero aterrizas en el mismo sitio, solo que pisas mal, resbalas y te caes. Ruedas ladera abajo. Te encuentras con elementos tan naturales como la gente. Gente como piedras que te hacen daño, gente como el barro, te acelera, gente como las hojas, que te ayudan a amortiguar la caída. Gente como charcos de agua, pequeños riachuelos, que te ralentizan un poco, aunque también te dan tiempo para pensar. Y te limpian. Y gente como pequeños animales que, asustados, intentan atacarte, pensando que tienes algo en contra de ellos.

Y llegas al final de la ladera. Te encuentras magullado, confuso, desorientado, no recuerdas bien cómo has llegado allí, pero eres incapaz de olvidar que no es tu sitio. Que no es tu mundo. Que eres un extraterrestre camuflado en un cuerpo antropomorfo. Olvidas todo, salvo eso. Ya no sabes ni tu propio nombre, si alguna vez tuviste alguno.

Ya no conoces más que el fracaso y esa maldita sensación de no ser de este planeta. El mundo vive en tres dimensiones y se mueve en una. Tú te mueves en tres o cuatro. Y según el momento vives en veinte, cuarenta y dos, tres o una. Recuerdas cómo ibas a huir, volando, a despegar para jamás volver, para jamás aterrizar. Pero algo salió mal y viste la realidad. Nada de huidas, nada de vuelos.

Ahora estás en la parte baja de la ladera. Todo el mundo está arriba. Abajo sigues estando en el sitio equivocado, pero ahora también estás solo. Buscabas un lugar mejor y tan solo has conseguido silencio y soledad. Por un lado, no está tan mal, hay calma. Sigues con tus sensaciones de no pertenecer aquí, pero al menos no hay personas que te lo evidencian.

Y aún así, echas de menos esa gente, la misma que te lo evidencia, pero que lo intenta arreglar consolándote. No suele servir de nada, nunca sirve de nada, pero lo echas de menos.

Ahora cuesta asumirlo. Es difícil asumir algo tan sencillo. Es como asumir tu propia muerte, el concepto es sencillo, es algo inevitable, pero... ¿quién es el guapo, o la guapa, que está preparado o preparada para asumir, para aceptar, algo tan sencillo y tan inmenso sin preparación previa? Sin meditar, entenderlo todo, verlo, ser capaz de identificar cada elemento, y no mover ni un músculo para evitarlo, conscientemente. Nadie, supongo que nadie. Pues algo así sucede con los saltos que iban a ser vuelos. No consigues asimilarlo, aunque sea sencillo lo que sucede, no lo es tanto interiorizarlo y ser consciente.

Supongo que me gusta ser un inconsciente. Es la única forma de llevarme alguna sorpresa de cuando en cuando.





If I had to name that jump... maybe, it would be nice to call it non-winged flight.

27.7.14

De madrugada

Se cierne la noche sobre mi cabeza, las sombras se alargan, oscilan al deseo de las pocas luces presentes en la oscuridad. Todo se torna misterioso y desolador. Más de lo segundo que de lo primero, supongo.
De hecho, no tiene misterio alguno. El sol no brilla por la noche. Si hubiese luz no habría oscuridad. La única duda plausible es por qué razón sigo intentando buscar luz en medio de un bosque profundo, oscuro, tenebroso. No hay salvo un reguero plateado que a veces consigue discurrir entre hoja y hoja provocado por la triste luz lunar. Ilumina lo justo, pero no es suficiente, no lo es al menos para mí.

Vivo de noche, entre sombras y formas en distintos tonos de negro. Hace tiempo que no me encuentro. No hay nadie en casa. Nadie, absolutamente nadie. Hay un cuerpo, pero está dormido. Se mueve mucho, pero está, como poco, dormido. Quizás está drogado. Puede incluso que esté muerto y solo sean movimientos de Sommer. Sigue sin haber nadie.

No entiendo dónde tendría que estar, dónde debería encontrarme. Toda persona se encuentra en sí misma tras un rato de introspección, pero yo...  no. Sencillamente no me encuentro. Toda persona tiene objetivos. Yo quiero llegar a la meta, sea cual sea. Estoy cansado de esta carrera, porque no va a ningún lugar.

Busco mi sol de medianoche, mi faro en plena oscuridad, que me arranque de las sombras, que me haga encontrarme, que me dé la vida. Pero busco el sol de medianoche aquí, y solo aparece en los polos. Tendré que partir hacia el norte. O huir. Depende del juicio del lector, no sé si en este caso sería huir cobardemente o simplemente, ir. Pero lo necesito.
Y no puedo, no puedo irme, pero voy organizando mi plan de huida. Y todo en secreto, porque como se dijo muchas veces... "the show must go on".

Lo peor es que veo el sol de medianoche, o eso creo, que lo he localizado, pero apunta al norte, y, salvo que me dirija allí, no me alumbrará, yo seré siendo una mera esencia entre miles, inherente a las sombras, seguiré sin encontrarme, seguirá sin haber nadie en casa.

Nobody home...


"En el fondo, si no me sintiera morir, me podría creer ya muerto."
Samuel Beckett.

3.7.14

Caos

Será que no será, que lo que fue, no es, y lo que no era, se ha tornado palpable y real. Irreal, sin embargo, es cómo ha cambiado todo. Hace un tiempo estaba cómodamente sentado, frente al espejo, esperando ver los cambios súbitamente, esperando que mi propia naturaleza me sorprendiese a mí mismo.
Y durante semanas no observé el más mínimo cambio.
Durante meses, todo siguió igual.
Pero entonces, escuché un chasquido. Era el asiento, había soltado un quejumbroso crujido. Retiré la mirada una milésima de segundo y cuando volví, no era el mismo. No sabía qué había cambiado, pero el cambio era brutal, aunque fuese incapaz de percibirlo con la vista. Intentaba concentrarme en otros posibles cambios, en lo nuevo, pero solo intentaba averiguar qué había cambiado. Mi propia naturaleza estaba jugueteando, divirtiéndose despistando a mi conciencia.
Cuando pensé que no me podría distraer más, apareció ella. Y aún no sé nada prácticamente, pero ahí estaba. Lejos, supongo, y a la vez tan cerca. Sé que no sé nada de ella. Y de eso, al contrario que cierto griego, estoy muy seguro. Segurísimo. Bueno, no, no estoy seguro, porque sé una cosa más. Y es que ella me da una cosa que llevaba sin notar mucho tiempo.
Ella me da alas.
Y sé que siempre que he tenido alas he acabado estrellándome contra el suelo gracilmente, como un suicida cualquiera que se lanzó desde el piso más alto del Empire State Building el jueves negro. Casualmente, hoy, sin estar en 1929, también es jueves. No sé si es negro, pero es jueves. Y aunque tenga seguro que cataré el sabor del asfalto, tarde o temprano, quiero elevar el vuelo. Pero si no viene ella, no podré emprender el vuelo. Ya, si tengo que caer, que sea cuanto más tarde, mejor.

Al final, Leonardo tenía razón:

"Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al Cielo, porque ya has estado allí y allí siempre desearás volver."