Como si fuese una pieza de Beethoven con el título tornado, inicia una canción, una melodía, un ritmo, una cadencia. Suenan sueños, sueñan sonidos, lucen noches estrelladas y hay sombras en los días.
Los pájaros vuelan sobre nuestras cabezas, el arrullo de las olas canta a nuestro lado, pero frente a frente sólo estamos nosotros.
Dos mares del sur, profundos pero someros, tempestuosos pero calmados. Con una carta de emociones mayor que el universo. Todo depende de si están mirándome desde la costa, invitándome a mojarme, o cara a cara, entre sábanas.
Los mares son idénticos, inundan mi cuerpo y mojan cada centímetro de mi piel con su mirada. Me hacen romper mis clichés, destrozar mis odios, amar el calor y virar al sur, mirar al mar y olvidar la montaña. Todo ello con gran gusto. Solo hay una cosa mejor que tener principios, y es que sean capaces de vencer a incoherencias internas. Cuando un principio rompe a otro hay sensación de limpieza.
Pesa sombre los hombros la satisfacción, igual que ponerse a alguien encima mientras... dejemos correr la imaginación.
Pero es un peso que gustosamente llevaría en la espalda. Un saco para sembrar la felicidad en tu mente. Si pudiese lo llenaría con todas las semillas del mundo, pesasen cuanto pesasen, y araría tu rostro cada segundo con las yemas de mis dedos. Regaría los surcos cada instante para que nunca faltase agua.
Todo ello por ley de acción-reacción. Es un peso inverso. Labrarte es un trabajo que genera una fuerza de vuelta, que me eleva. Vuela entre las nubes, en el azul del cielo, en el azul del mar.
Al final resulta que quiero ser como Ícaro, y volar el paraíso. Sólo pido que esta fábula, al contrario que la de Ícaro, no acabe en tragedia. Quién me iba a decir que yo, amante de las tormentas, querría volar cada día al silencio del sol, hacia la luz más celeste, a lo más alto.
Si no cada día, no menos que cada quincena. Cada luna llena, cada luna nueva, baja la marea, suben tus ideas.
'Fortnight' en inglés, de las noches hagamos un fortín, de los días nuestras páginas, y del tiempo tejamos la costura. Porque cerca, cerca, y nada más que cerca siento tus alas.
Y de vez en cuando, confusos mares miran con dudas desde lo más bello del universo. Es normal, sólo pido confianza y tiempo. Con el paso del tiempo, la siembra será mejor, mejor que nada, mejor que todo. Solo tú serás mejor que la siembra.
Miroir sombre
C'est ne pas un miroir.
31.7.17
5.6.17
Luces de Bohemia
Esto no tiene relación con Valle Inclán, ni con ningún otro valle que no sea el de mi vida. Si los valles también son conocidos como depresiones es porque son puntos bajos, no porque tengan ninguna enfermedad.
Bohemia es una zona de por ahí, en la Rep. Checa, conocida por dar muchos tontos bohemios y un cristal muy bonito. Ahora, ¿qué pasa cuando a un cristal muy fino se le aplica el vacío?
Se rompe.
Igual que la oscuridad de mi cuarto cuando alguien enciende la luz en el pasillo, unos rayos de luz entran por debajo de la puerta rompiendo todo la negra imposición en el orden visual. La luz, que en literatura suele ser una figura con lecturas positivas, me acuchilla los ojos, me taladra la mente y me hace exteriorizar el caos interno.
No va a ningún lado este texto, hablando de retórica engañosa, de cómo la luz arrojó dolor y la oscuridad era el más potente de los analgésicos y como si fuese yo la homeopatía, me diluyese en ese mar de negrura.
Hay vacío, se rompe un poco y aparecen puntos bajos: el cristal está deprimido y fragmentado. Ya no sirve, y estéticamente se ha echado a perder. Destrozáis todo lo que tocáis, ni miréis la vajilla. Es consternante el sonido de los trozos al caer en la bolsa de basura. Una triste melodía se deja escuchar del ligero estruendo del vidrio en la oscuridad, una canción que sólo llama a la presión de aquello desaparecido, dejando vacío tras de sí.
Roto, en una bolsa, oscuro, en silencio, el vidrio de Bohemia encuentra la más afín de las analogías a la calma. El propio vidrio no lo sabe es cristal, no posee la capacidad de saber cosas. Sólo la omnisciencia del narrador puede aportar ese detalle, quizás acertada, quizás reflejando en el vidrio sus propias ideas. El narrador muere, el vidrio también, y ambos se sumen en el silencio, se funden en negro y se hacen añicos por la presión.
Bien pensado, tengo una cosa en común con la homeopatía: ninguno de los dos funcionamos.
Entrada escrita bajo la influencia de:
- Un ahogado dolor de cabeza.
- La sensación de echar de menos a gentes, momentos y lugares, en ese orden.
Por si lees esto, feliz cumpleaños, aunque sea ya con 6 días de retraso.
Bohemia es una zona de por ahí, en la Rep. Checa, conocida por dar muchos tontos bohemios y un cristal muy bonito. Ahora, ¿qué pasa cuando a un cristal muy fino se le aplica el vacío?
Se rompe.
Igual que la oscuridad de mi cuarto cuando alguien enciende la luz en el pasillo, unos rayos de luz entran por debajo de la puerta rompiendo todo la negra imposición en el orden visual. La luz, que en literatura suele ser una figura con lecturas positivas, me acuchilla los ojos, me taladra la mente y me hace exteriorizar el caos interno.
No va a ningún lado este texto, hablando de retórica engañosa, de cómo la luz arrojó dolor y la oscuridad era el más potente de los analgésicos y como si fuese yo la homeopatía, me diluyese en ese mar de negrura.
Hay vacío, se rompe un poco y aparecen puntos bajos: el cristal está deprimido y fragmentado. Ya no sirve, y estéticamente se ha echado a perder. Destrozáis todo lo que tocáis, ni miréis la vajilla. Es consternante el sonido de los trozos al caer en la bolsa de basura. Una triste melodía se deja escuchar del ligero estruendo del vidrio en la oscuridad, una canción que sólo llama a la presión de aquello desaparecido, dejando vacío tras de sí.
Roto, en una bolsa, oscuro, en silencio, el vidrio de Bohemia encuentra la más afín de las analogías a la calma. El propio vidrio no lo sabe es cristal, no posee la capacidad de saber cosas. Sólo la omnisciencia del narrador puede aportar ese detalle, quizás acertada, quizás reflejando en el vidrio sus propias ideas. El narrador muere, el vidrio también, y ambos se sumen en el silencio, se funden en negro y se hacen añicos por la presión.
Bien pensado, tengo una cosa en común con la homeopatía: ninguno de los dos funcionamos.
Entrada escrita bajo la influencia de:
- Un ahogado dolor de cabeza.
- La sensación de echar de menos a gentes, momentos y lugares, en ese orden.
Por si lees esto, feliz cumpleaños, aunque sea ya con 6 días de retraso.
17.2.17
Perdámonos
Cuando estoy sobrio, consciente, lúcido... me fascina, me ablanda, me hace querer llorar de alegría la manera en la que cierta gente sigue estando ahí para dar un apoyo en todo momento.
Desde lejos, pero tan cerca que me duele. Con pocas palabras, pero analgésicas.
Supongo que es una suerte que no todo el mundo tiene. Y como buen afortunado la ignoro, no la valoro, y en mis cábalas le doy la vuelta mil veces. Juro que no quiero, y esto lo escribo triste, pero sobrio.
Cada día veo más ebria la sobriedad, y más desdibujada la ansiedad por los extremos. Antes ni alcanzaba a ver el borde. Ahora las placas crecen, y he llegado a estar sobre él. Pero no veo.
Porque puedo estar y estaré en la mismísima ciudad de las luces siendo un ciego, porque no hay luz que ilumine, sólo que brille. Sus reflejos da tanta luz como sea necesaria, pero no puedo vivir apantallado, con un paraguas entre mi mente y mis ideas.
¿Tan complicado es segmentar en tres cajones teninendo veinte separadores?
Por suerte o por desgracia no acostumbro estar sobrio (y cada vez menos), de manera que estas sensaciones se me escapan como el aire entre los dedos, porque en esos momentos la culpa es dueña y señora de mi mente, por llamarla de alguna manera. Porque un tablón roto en el camarote no se puede llamar timón.
Como siempre, Take me somewhere nice, de Mogwai. Eso y Chet Baker, pero Almost Blue se me queda muy corto. Completely Blue más bien.
Siento si este texto tiene fallos gramaticales, de coherencia o sencillamente es una basura. Me estoy cayendo de sueño, y lo que no es sueño, es tristeza.
Edit: He revisado el texto. No he cambiado ni una palabra de contexto, más que un par de letras colocadas al revés y alguna conjunción repetida. Sigue siendo una porquería, pero al menos es "coherente".
Aunque esté todo bien.
Nota: Cuando digo ebriedad no me refiero a alcohol.
Desde lejos, pero tan cerca que me duele. Con pocas palabras, pero analgésicas.
Supongo que es una suerte que no todo el mundo tiene. Y como buen afortunado la ignoro, no la valoro, y en mis cábalas le doy la vuelta mil veces. Juro que no quiero, y esto lo escribo triste, pero sobrio.
Cada día veo más ebria la sobriedad, y más desdibujada la ansiedad por los extremos. Antes ni alcanzaba a ver el borde. Ahora las placas crecen, y he llegado a estar sobre él. Pero no veo.
Porque puedo estar y estaré en la mismísima ciudad de las luces siendo un ciego, porque no hay luz que ilumine, sólo que brille. Sus reflejos da tanta luz como sea necesaria, pero no puedo vivir apantallado, con un paraguas entre mi mente y mis ideas.
¿Tan complicado es segmentar en tres cajones teninendo veinte separadores?
Por suerte o por desgracia no acostumbro estar sobrio (y cada vez menos), de manera que estas sensaciones se me escapan como el aire entre los dedos, porque en esos momentos la culpa es dueña y señora de mi mente, por llamarla de alguna manera. Porque un tablón roto en el camarote no se puede llamar timón.
Como siempre, Take me somewhere nice, de Mogwai. Eso y Chet Baker, pero Almost Blue se me queda muy corto. Completely Blue más bien.
Siento si este texto tiene fallos gramaticales, de coherencia o sencillamente es una basura. Me estoy cayendo de sueño, y lo que no es sueño, es tristeza.
Edit: He revisado el texto. No he cambiado ni una palabra de contexto, más que un par de letras colocadas al revés y alguna conjunción repetida. Sigue siendo una porquería, pero al menos es "coherente".
Aunque esté todo bien.
Nota: Cuando digo ebriedad no me refiero a alcohol.
6.11.16
La pecera
En ese recipiente cristalino pero de espesor variable vivían
sus metáforas. Nadaban, tranquilas, protegiendo, encubriendo, enturbiando y
rodeando a su ánimo.
Gris, plano, monótono, indiferente y un poco triste; como la
niebla ligera en un día nublado con un poco de viento. Pero el viento no tiraba
las hojas de los árboles, no helaban los charcos porque el frío no podía
combatir el calor de la niebla, pero este calor no podía crecer por las nubes.
La temperatura se perdía, el universo tiende a la entropía. Neutro, como el
agua, era su ánimo, para bien y para mal.
Pero precisamente el agua se revolvió cuando entró un gran
pez. Se comió sus metáforas, desnudó su
ánimo y trajo un candor que ya creía olvidado; una calidez en sus labios, en
sus abrazos, en su mirada, en su voz, en sus formas, en su pez, con su mierda,
con su preciosa mierda.
Un fuego pacía cálidamente por su lomo, un rojo fuego
que apareció envolviendo al pez, rodeando sus ojos.
Su tacto era suave como el terciopelo pese a ser un pez, y
su mirada albergaba toda la profundidad del más inmenso de los océanos del
conocimiento. Era un pez precioso: majestuoso, omnipresente, omnipotente,
maravilloso, sencillamente genial.
Como un mar tempestuoso mostrando toda su
fuerza.
Y de repente las nubes parecían escampar, las pastillas
tenían el triple de efecto y la vida pintaba casi tan maravillosa como ella. Pero
si la inmensidad del océano se veía en la mirada del pez, los siete mares
brotaron de las ventanas de su alma.
Nacieron lagos azules alrededor de sus ojos y desapareció
entre los charcos que el propio pez creó. Desapareció de la pecera y lo buscó,
lo buscó, lo buscó; sin éxito, sin éxito. Sin éxito.
Desconocía todo lo que
pudo conocer. Y por ello llamó a quien creyó que podía conocerlo, le contó todo
cuanto pudiese ayudar a encontrarlo pero no lo vieron más que una vez, cuando el pez se recostó sobre sus brazos.
Lo dejó descansar y cuando volvió, el pez ya no estaba. De nuevo.
Si bien estuvo solo y podría volver a ello, siguió buscando
al pez. Porque entre las aletas del pez se sentía mejor y sentía al pez más feliz cuando lo tenía entre sus brazos.
Echó un mensaje en una botella, lo tiró al mar gritando por favor y rogando a Poseidón que su pez supiese leer.
Entrada escrita bajo la influencia de:
Mogwai - Take Me Somewhere Nice
Chet
Baker - Almost Blue
Frédéric
Chopin - Nocturne n.20 in C# minor B.49
Chet
Baker - Everytime We Say Goodbye
Chet
Baker - Summertime
Chet
Baker - Tenderly
29.5.16
Vida inteligente
Audrey me escribió una nota. Pero no puedo verla.
En su lugar, me dispongo a cerrar la ventana, el cielo ha empezado a llorar. Creo que de alegría. Con todo, me quedo mirando desde las alturas, como un vencejo. Las risas como me caiga.
Veo un puñado de gorriones. Volando contra un viento que casi se lleva los ni 35 gramos que pesarán. Deciden posarse, bajo unos rosales. Y ven pan: oh, la vida [Nota: El pan blanco no es buen alimento para pájaros. De hecho, es malísimo. Pero les encanta.]. No se pelean, porque son demasiado elegantes para ello. Se persiguen los unos a los otros.
En esto llegan dos urracas. Se colocan cada una en las ramitas de dos árboles bajos. Otean el panorama. Hay lluvia, deberían salir lombrices en nada. Ricas lombrices.
Una, impaciente, hace un vuelo que bien mirado es una acrobacia perfectamente calculada. Sin tocar el suelo, agarra otro mendrugo de pan y se va más lejos de lo que puedo ver desde mi estática ventana.
La otra se decide. Baja. Se posa en el suelo. Con calma, con pequeños saltitos, agarra un trozo de pan. Avanza bajo el rosal y ve otro. Y oh, la vida. Deja caer el primero, coge el segundo. Tira el segundo, coge el primero.
¿Por qué elegir?
En una maniobra que era incapaz de pensar, agarra ambos. No sé muy bien cómo. Y prosigue. Ve un tercer tesoro. Y coger dos era fácil. Agarra los tres y se va. Sus plumas timoneras se despliegan según alza el vuelo, como diciendo adiós.
Los gorriones siguen con su juego, por un par de pedazos de pan. Pero aparece una señora, de aspecto bobalicón. Los que en ese momento son portadores del pan, se lo llevan, y el resto les sigue. La mujer prosigue su trayectoria, me atrevo a decir que dándose cuenta de nada y menos.
La escena la invade un hombre que podría decir que prácticamente camina hacia su jubilación, e igual que la señora, su cara desafía el concepto de evolución de Darwin, y no hablemos de percibir nada de lo que sucede.
Los gorriones repiten el baile, pero en esta ocasión, un macho que lleva un pedazo de pan vuela a un soportal. Sacia su hambre con el trozo que lleva, sobrando mucho. Lo deja caer. Se limpia el pico con el suelo, revuelve sus plumas y abandona el cacho de pan en el portal.
Todo mientras el resto sigue con su juego, cuando uno deja caer un trozo, otro se lo arrebata. Aparece una familia. Padre y madre son conscientes de la presencia de sus críos solo porque tienen pinta de ir haciendo bastante ruido, no hablemos de que puedan notar el juego de los gorriones.
Dos señoras en cortavientos van charlando, y el bello baile pasa desapercibido una vez más. Qué rabia, qué poca inteligencia, no pueden ver nada.
Deciden irse. Se han puesto de acuerdo. Alzan el vuelo. Gráciles los que van sin carga, graciosos los que sostienen pan en la boca. El viento les hace el viaje más entretenido.
Ha escampado, la calle vacía salvo por los rayos de sol. Separo mi frente del cristal y cierro la contraventana. Pienso. La vida más inteligente de esta sinfonía tenía alas. Torpes primates suponían sencillos escollos. Sinfonía en silencio, y eso que gorriones y urracas son paseriformes. Bonitas melodías las suyas.
Y alguien me verá, pensando que no me doy cuenta del baile que ignoro, en mi mente, detrás de mí o sobre mi cabeza. Me verá y dirá: "más tonto que un vencejo".
Pero los vencejos solo son incapaces de levantar el vuelo. Viven volando, duermen volando, sueñan volando. ¿Cómo va a ser tonto un animal así? Solo que no canta.
De mí hablo otro día, que para bien o para mal, no soy ningún pájaro, aunque sí canto, si merece llamarse así.
Escrito bajo la influencia de un puñado de nocturnos de Chopin y otras tantas sonatas de Beethoven.
En su lugar, me dispongo a cerrar la ventana, el cielo ha empezado a llorar. Creo que de alegría. Con todo, me quedo mirando desde las alturas, como un vencejo. Las risas como me caiga.
Veo un puñado de gorriones. Volando contra un viento que casi se lleva los ni 35 gramos que pesarán. Deciden posarse, bajo unos rosales. Y ven pan: oh, la vida [Nota: El pan blanco no es buen alimento para pájaros. De hecho, es malísimo. Pero les encanta.]. No se pelean, porque son demasiado elegantes para ello. Se persiguen los unos a los otros.
En esto llegan dos urracas. Se colocan cada una en las ramitas de dos árboles bajos. Otean el panorama. Hay lluvia, deberían salir lombrices en nada. Ricas lombrices.
Una, impaciente, hace un vuelo que bien mirado es una acrobacia perfectamente calculada. Sin tocar el suelo, agarra otro mendrugo de pan y se va más lejos de lo que puedo ver desde mi estática ventana.
La otra se decide. Baja. Se posa en el suelo. Con calma, con pequeños saltitos, agarra un trozo de pan. Avanza bajo el rosal y ve otro. Y oh, la vida. Deja caer el primero, coge el segundo. Tira el segundo, coge el primero.
¿Por qué elegir?
En una maniobra que era incapaz de pensar, agarra ambos. No sé muy bien cómo. Y prosigue. Ve un tercer tesoro. Y coger dos era fácil. Agarra los tres y se va. Sus plumas timoneras se despliegan según alza el vuelo, como diciendo adiós.
Los gorriones siguen con su juego, por un par de pedazos de pan. Pero aparece una señora, de aspecto bobalicón. Los que en ese momento son portadores del pan, se lo llevan, y el resto les sigue. La mujer prosigue su trayectoria, me atrevo a decir que dándose cuenta de nada y menos.
La escena la invade un hombre que podría decir que prácticamente camina hacia su jubilación, e igual que la señora, su cara desafía el concepto de evolución de Darwin, y no hablemos de percibir nada de lo que sucede.
Los gorriones repiten el baile, pero en esta ocasión, un macho que lleva un pedazo de pan vuela a un soportal. Sacia su hambre con el trozo que lleva, sobrando mucho. Lo deja caer. Se limpia el pico con el suelo, revuelve sus plumas y abandona el cacho de pan en el portal.
Todo mientras el resto sigue con su juego, cuando uno deja caer un trozo, otro se lo arrebata. Aparece una familia. Padre y madre son conscientes de la presencia de sus críos solo porque tienen pinta de ir haciendo bastante ruido, no hablemos de que puedan notar el juego de los gorriones.
Dos señoras en cortavientos van charlando, y el bello baile pasa desapercibido una vez más. Qué rabia, qué poca inteligencia, no pueden ver nada.
Deciden irse. Se han puesto de acuerdo. Alzan el vuelo. Gráciles los que van sin carga, graciosos los que sostienen pan en la boca. El viento les hace el viaje más entretenido.
Ha escampado, la calle vacía salvo por los rayos de sol. Separo mi frente del cristal y cierro la contraventana. Pienso. La vida más inteligente de esta sinfonía tenía alas. Torpes primates suponían sencillos escollos. Sinfonía en silencio, y eso que gorriones y urracas son paseriformes. Bonitas melodías las suyas.
Y alguien me verá, pensando que no me doy cuenta del baile que ignoro, en mi mente, detrás de mí o sobre mi cabeza. Me verá y dirá: "más tonto que un vencejo".
Pero los vencejos solo son incapaces de levantar el vuelo. Viven volando, duermen volando, sueñan volando. ¿Cómo va a ser tonto un animal así? Solo que no canta.
De mí hablo otro día, que para bien o para mal, no soy ningún pájaro, aunque sí canto, si merece llamarse así.
Escrito bajo la influencia de un puñado de nocturnos de Chopin y otras tantas sonatas de Beethoven.
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16.4.16
Crónica de un nocturno en no menor
3:21.
No es una cuenta atrás. Es la hora.
40 minutos pasan. No quiero leer. No quiero escribir. Quiero
escribir. No puedo.
Hace frío. En el alma. O no. No lo sé. Se levantó. Es la
hora. Estaría bien saber algo, de vez en cuando. Por variar. Aunque solo sea
por variar. Por sentir algo nuevo. Por escuchar otra canción en la cabeza. Echo
de menos las certezas. O las cortezas. No estoy seguro. Otra vez. Otra puta
vez.
Creo que el día que escriba una frase que ocupe más de una
línea me van a dar un premio. Hablo de Word, no en Blogspot. Soy un triste, sí.
Son las 5 de la mañana. Largas. Y medias. Medias con un liguero, perfume barato
y zapatos de charol. Borracheras, ibuprofeno, resacas de café y té. Mentas
negras, alquitrán, bajando por la garganta. "Me siento dios". Pero
dios está muerto.
Dios está muerto y son casi las 7. Ha muerto, resucitado y
se ha metido dos cajas de ibuprofenos. Está tumbado, en la bañera, con la
cabeza tirada sobre un gel. O un champú. No más lágrimas. Y efectivamente ya no
lloraba.
No había más lágrimas porque tampoco había pulso. Y sin
pulso, no hay erección. Y ciertamente, no se levantó, ahí quedó, y la crónica
de la velada fue eterna, como su propia noche.
Amaneció.
10.4.16
De recitales va la cosa
Ha sido ir a un recital y tener ganas de escribir otra vez.
"Pues anda, que vienes a escuchar mi mierda para animarte, estamos cojonudos"
Y valga la ironía, querido lector, el recitante tiene toda la razón. Dejé de beber para terminar de emborracharme. Werner Heisenberg enunció, en términos de física cuántica, que cuanto más se busque determinar la posición de una partícula, más imprecisas sus propiedades, sus movimientos, su masa, su velocidad.
Esto, aplicado a las personas, no tiene sentido alguno, pero me siento parecido. Será que me estoy volviendo partícula. No sé quién soy, no sé qué me pasa, no sé a dónde voy. Lo único que en teoría conozco es que estoy en "casa". Entrecomillada y cursiva porque si esta es mi casa, esa pared de ahí es mi cama, y, por qué no, el techo podría ser mi sofá
Supongo que no puedo decir que no sepa dónde estoy. Se dónde NO estoy. La respuesta es "no donde quiero estar".
Y la nueva pregunta a hacerse sería esa, ¿dónde quiero estar? Y aquí, toda contestación va precedida, es formada y seguida por un sepulcral silencio. Es tan denso, tan profundo, que podría cortar un trozo y mascarlo para meterlo en las bocas cuyos sonidos me molestan, que, todo sea dicho, no son pocas. Y aún así me sobraría silencio.
Estoy harto. Harto de no saber más que nada. De que me pregunten, de preguntarme yo, de que toda respuesta sea silencio, la afirmación del desconocimiento en el más favorable de los casos, una negación de hipótesis ajena, y volver a sentar mi maldito trasero en el maldito suelo.
Durante horas.
Me pregunta qué es lo que pienso. Y no lo sé.
Me pregunta qué siento. Tampoco tengo la más mínima idea.
Será que no pienso.
Será que no hay nada que pensar.
Será que no siento.
Será que no hay nada que sentir.
Y yo me planteo... ¿estoy en un vacío existencial, fuera de toda posible observación?
¿La respuesta? Una vez más, "no lo sé", después un largo silencio, y antes de otro más largo aún.
No sé qué es esto. No sé dónde estoy. Sé que no quiero estar. Por favor, que alguien me saque de aquí antes de que deje de estar, en el más general de los sentidos.
Es curioso cómo se puede repetir tanto el verbo saber en un mismo texto, sin tan siquiera estar seguro de lo que significa.
Este texto va dedicado para quien ya no tiene cinco años y la chica de color azul.
Canciones usadas para escribir este texto, por orden:
Pink Floyd - Speak
Pink Floyd - Breathe
Pink Floyd - Any Colour You Like
Pink Floyd - Us and Them
CocoRosie - Fairy Paradise
Mogwai - Take Me Somewhere Nice
"Pues anda, que vienes a escuchar mi mierda para animarte, estamos cojonudos"
Y valga la ironía, querido lector, el recitante tiene toda la razón. Dejé de beber para terminar de emborracharme. Werner Heisenberg enunció, en términos de física cuántica, que cuanto más se busque determinar la posición de una partícula, más imprecisas sus propiedades, sus movimientos, su masa, su velocidad.
Esto, aplicado a las personas, no tiene sentido alguno, pero me siento parecido. Será que me estoy volviendo partícula. No sé quién soy, no sé qué me pasa, no sé a dónde voy. Lo único que en teoría conozco es que estoy en "casa". Entrecomillada y cursiva porque si esta es mi casa, esa pared de ahí es mi cama, y, por qué no, el techo podría ser mi sofá
Supongo que no puedo decir que no sepa dónde estoy. Se dónde NO estoy. La respuesta es "no donde quiero estar".
Y la nueva pregunta a hacerse sería esa, ¿dónde quiero estar? Y aquí, toda contestación va precedida, es formada y seguida por un sepulcral silencio. Es tan denso, tan profundo, que podría cortar un trozo y mascarlo para meterlo en las bocas cuyos sonidos me molestan, que, todo sea dicho, no son pocas. Y aún así me sobraría silencio.
Estoy harto. Harto de no saber más que nada. De que me pregunten, de preguntarme yo, de que toda respuesta sea silencio, la afirmación del desconocimiento en el más favorable de los casos, una negación de hipótesis ajena, y volver a sentar mi maldito trasero en el maldito suelo.
Durante horas.
Me pregunta qué es lo que pienso. Y no lo sé.
Me pregunta qué siento. Tampoco tengo la más mínima idea.
Será que no pienso.
Será que no hay nada que pensar.
Será que no siento.
Será que no hay nada que sentir.
Y yo me planteo... ¿estoy en un vacío existencial, fuera de toda posible observación?
¿La respuesta? Una vez más, "no lo sé", después un largo silencio, y antes de otro más largo aún.
No sé qué es esto. No sé dónde estoy. Sé que no quiero estar. Por favor, que alguien me saque de aquí antes de que deje de estar, en el más general de los sentidos.
Es curioso cómo se puede repetir tanto el verbo saber en un mismo texto, sin tan siquiera estar seguro de lo que significa.
Este texto va dedicado para quien ya no tiene cinco años y la chica de color azul.
Canciones usadas para escribir este texto, por orden:
Pink Floyd - Speak
Pink Floyd - Breathe
Pink Floyd - Any Colour You Like
Pink Floyd - Us and Them
CocoRosie - Fairy Paradise
Mogwai - Take Me Somewhere Nice
2.10.14
Ser libre no siempre implica libertad
Érase que se era, hace mucho tiempo, o igual no tanto, un desdichado caballo. Ese caballo no tenía jinete humano que ocupase su espalda. Teóricamente era libre, pero eso no implica libertad. No se sentía libre, sino preso de sí mismo. Era esclavo de algo que, aunque él no supiese determinar con exactitud, a ciencia cierta se encontraba dentro de su ser. La mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple como podríamos creer.
Vagaba a paso cansado por las praderas de todo el continente, como agotado, desganado, herido. Sin ganas de dar un paso más, pero con menos de quedarse en el mismo sitio. Se veía forzado por su insatisfacción a moverse, pero sus patas le limitaban el rumbo. No era capaz de decidir qué sería mejor a largo plazo. No se sentía cómodo en manada. No era un caballo salvaje, únicamente estaba solo. Y ni él quería cabalgar con el resto de caballos, ni el resto de caballos lo querían cerca. No seguía el ritmo, estaba ciego y tenía carencias instintivas que podrían causar más de un accidente. Y tenía unos sentimientos nostálgicos hacia la luna que le distraían. Lloraba equinamente porque ya no podía verla.
Pero no siempre había sido así. En su día, había corrido, había saltado, veía y nadie le pisaba los cascos. Ni su sombra era capaz de perseguirle. Solía acostumbrar a echar carreras con el viento y esperar pastando a su sombra hasta que ella llegase. La luz de la luna era la única capaz de seguir su galope. Pero no era un caballo salvaje. No lo era, nunca lo sería y nunca lo fue. Pero cambió. Su jinete, un día, hizo un gesto que a él no le gustó. Hacía tiempo que él veía mal y sufría. Se le acercó con un colirio para facilitar que remitiese su dolor, pero él no lo entendió. El caballo, en pánico, rampó sobre sus patas traseras y le propinó un golpe a su jinete con su casco izquierdo. Le partió una clavícula y le provocó microfracturas en varias costillas cercanas. El jinete, cayó, hundido el sufrimiento sobre la paja del establo, y el caballo, que seguía alterado, salió por la puerta del recinto y escapó. Fue una de las últimas veces que vería la luna, y casi la última que lo recordaría.
Siguió corriendo varios días, hasta que un humano lo observó. Para entonces, solo veía sombras. Le pareció su mismo dueño. Hacían ruidos similares, timbre similar, y olían igual. Y la borrosa mancha que podía ver era similar. Pensó que tenía una segunda oportunidad, y se fue con él. Pero no sabía cuánto se equivocaba.
Todo fue idílico, perfecto, hasta pasados unos meses. Su trato era más frío, pero le trataban bien. Le obligaban a correr, pero no le importaba. Cada día veía menos, y gradualmente se quedó ciego. Su jinete, o mejor dicho, su amo, lo notó. Al no encontrar unas anteojeras a medida, usó unas más grandes y se las incrustó en la carne con unos ganchos. No veía nada, y le dolía mucho, pero todo era por no notar el viento en los ojos, para seguir corriendo. Pasaron los meses y su edad hizo mella. Se fracturó una pata, y, gracias a que le forzaron, la fractura se hizo irrecuperable. Ya no podía correr. Él lo sabía y su amo también.
A las dos noches, su amo se acercó por la noche, escopeta a la espalda, a enmendar un contratiempo. La descolgó y apuntó a la cabeza del caballo. Este no veía nada, pero cuando la escopeta por falta de uso reventó la parte de atrás del cañón, dejó a su dueño bañado en sangre y gritos en la oscura noche, rasgando la noche, alumbrada por la tenue luz de las estrellas. El caballo, asustado por los ruidos, volvió a rampar, como años antes y, de forma inconsciente, el casco de su pata mala fue a apoyar sobre el frágil cráneo del dueño de la escopeta, causando un muerto inesperado esa noche. Esa noche, la luna no apareció. No quiso ver la escena, para ahorrarse las lágrimas.
Su miedo le hizo olvidar su lesión y volvió a correr como hacía tiempo que no corría. Con las anteojeras todavía puestas y su pata herida, corrió hasta tranquilizarse. Entonces volvió a notar el dolor. Y varios días después, comenzaba el relato del caballo libre y esclavo de sí mismo. El caballo nunca lo supo, pero el daño que le causó a su jinete fue compensado por librar al mundo de su antiguo amo. Si existía algún tipo de karma equino, estaba a cero, compensado, pero él nunca lo supo y nunca lo sabría.
Vagó el resto de su vida, y cuando su nariz detectaba la presencia de algún humano, el ciego miedo acumulado le hacía correr y desvanecerse en los prados. El caballo murió, con su cabeza infectada por las anteojeras clavadas a la fuerza, solo, vagabundo por los prados, preso en su mente, encerrado en su propia jaula, llorando a la luna que echaba de menos, suplicando a las estrellas su vuelta.
Tampoco fue consciente de la moraleja de la historia, y es que ni la vida concede segundas oportunidades conscientemente, ni la bondad es algo que sobre en este mundo. La soledad no le permitió pensar en ello, la mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple, como ya dijimos, pero tiene sus tormentas. Tumultuosas y bruscas tormentas.
Y ni la luna puede aportar luz en el cielo nuboso de la tormenta.
Vagaba a paso cansado por las praderas de todo el continente, como agotado, desganado, herido. Sin ganas de dar un paso más, pero con menos de quedarse en el mismo sitio. Se veía forzado por su insatisfacción a moverse, pero sus patas le limitaban el rumbo. No era capaz de decidir qué sería mejor a largo plazo. No se sentía cómodo en manada. No era un caballo salvaje, únicamente estaba solo. Y ni él quería cabalgar con el resto de caballos, ni el resto de caballos lo querían cerca. No seguía el ritmo, estaba ciego y tenía carencias instintivas que podrían causar más de un accidente. Y tenía unos sentimientos nostálgicos hacia la luna que le distraían. Lloraba equinamente porque ya no podía verla.
Pero no siempre había sido así. En su día, había corrido, había saltado, veía y nadie le pisaba los cascos. Ni su sombra era capaz de perseguirle. Solía acostumbrar a echar carreras con el viento y esperar pastando a su sombra hasta que ella llegase. La luz de la luna era la única capaz de seguir su galope. Pero no era un caballo salvaje. No lo era, nunca lo sería y nunca lo fue. Pero cambió. Su jinete, un día, hizo un gesto que a él no le gustó. Hacía tiempo que él veía mal y sufría. Se le acercó con un colirio para facilitar que remitiese su dolor, pero él no lo entendió. El caballo, en pánico, rampó sobre sus patas traseras y le propinó un golpe a su jinete con su casco izquierdo. Le partió una clavícula y le provocó microfracturas en varias costillas cercanas. El jinete, cayó, hundido el sufrimiento sobre la paja del establo, y el caballo, que seguía alterado, salió por la puerta del recinto y escapó. Fue una de las últimas veces que vería la luna, y casi la última que lo recordaría.
Siguió corriendo varios días, hasta que un humano lo observó. Para entonces, solo veía sombras. Le pareció su mismo dueño. Hacían ruidos similares, timbre similar, y olían igual. Y la borrosa mancha que podía ver era similar. Pensó que tenía una segunda oportunidad, y se fue con él. Pero no sabía cuánto se equivocaba.
Todo fue idílico, perfecto, hasta pasados unos meses. Su trato era más frío, pero le trataban bien. Le obligaban a correr, pero no le importaba. Cada día veía menos, y gradualmente se quedó ciego. Su jinete, o mejor dicho, su amo, lo notó. Al no encontrar unas anteojeras a medida, usó unas más grandes y se las incrustó en la carne con unos ganchos. No veía nada, y le dolía mucho, pero todo era por no notar el viento en los ojos, para seguir corriendo. Pasaron los meses y su edad hizo mella. Se fracturó una pata, y, gracias a que le forzaron, la fractura se hizo irrecuperable. Ya no podía correr. Él lo sabía y su amo también.
A las dos noches, su amo se acercó por la noche, escopeta a la espalda, a enmendar un contratiempo. La descolgó y apuntó a la cabeza del caballo. Este no veía nada, pero cuando la escopeta por falta de uso reventó la parte de atrás del cañón, dejó a su dueño bañado en sangre y gritos en la oscura noche, rasgando la noche, alumbrada por la tenue luz de las estrellas. El caballo, asustado por los ruidos, volvió a rampar, como años antes y, de forma inconsciente, el casco de su pata mala fue a apoyar sobre el frágil cráneo del dueño de la escopeta, causando un muerto inesperado esa noche. Esa noche, la luna no apareció. No quiso ver la escena, para ahorrarse las lágrimas.
Su miedo le hizo olvidar su lesión y volvió a correr como hacía tiempo que no corría. Con las anteojeras todavía puestas y su pata herida, corrió hasta tranquilizarse. Entonces volvió a notar el dolor. Y varios días después, comenzaba el relato del caballo libre y esclavo de sí mismo. El caballo nunca lo supo, pero el daño que le causó a su jinete fue compensado por librar al mundo de su antiguo amo. Si existía algún tipo de karma equino, estaba a cero, compensado, pero él nunca lo supo y nunca lo sabría.
Vagó el resto de su vida, y cuando su nariz detectaba la presencia de algún humano, el ciego miedo acumulado le hacía correr y desvanecerse en los prados. El caballo murió, con su cabeza infectada por las anteojeras clavadas a la fuerza, solo, vagabundo por los prados, preso en su mente, encerrado en su propia jaula, llorando a la luna que echaba de menos, suplicando a las estrellas su vuelta.
Tampoco fue consciente de la moraleja de la historia, y es que ni la vida concede segundas oportunidades conscientemente, ni la bondad es algo que sobre en este mundo. La soledad no le permitió pensar en ello, la mente de un caballo, querido lector, no siempre es tan simple, como ya dijimos, pero tiene sus tormentas. Tumultuosas y bruscas tormentas.
Y ni la luna puede aportar luz en el cielo nuboso de la tormenta.
9.8.14
Concerto
Esta noche estuve de viaje. No sé si era en tren, bus o coche, pero viajé. Iba a Málaga. Y me daba cuenta de lo solo que se está fuera de casa. Lo único que viven en Málaga son un par de demonios internos míos que, sin hacerme sentir incómodo, me dejan impasivo.
Iban a ir conmigo, pero me dijeron que me adelantase. Pero después nadie vino. El viaje era una broma. Alguien pensaba que era muy gracioso mandar a alguien a Málaga solo para que cuando esperase a alguien, tuviese que darse cuenta solo de que no iría nadie más. Estaba en mitad de ninguna parte, sabiendo que, salvo esas dos personas que casi diría que odio, no conocía a nadie.
En otras circunstancias, habría intentado conocer a alguien. Habría intentado hacerme al terreno, camuflarme, ser parte del todo, moverme armoniosamente, como puede moverse una gota de agua en medio del mar. Pero yo soy yo, mis tonterías, mis estupideces y, ante todo, mis circunstancias.
Después desaparecí. Nadie sabe dónde estaba, ni yo sabía dónde estaba nadie, incluido yo mismo. Solo veía un escenario, a mis pies. Se extendía inmenso sobre el suelo. Solo había espacio a mis espaldas, estaba al borde, por mucho que retrocediese. Es el primer escenario en el que estoy que me ha provocado vértigo. Me giraba 180º y el espacio se colocaba a mi espalda siempre, como mi sombra, sin que pudiese girarme para verlo. Sabía que estaba allí, era consciente, pero no había forma de llegar. Porque ese espacio ya está caminado, lo que queda delante, que no es nada, es lo que tengo que caminar aún.
Imagino que tendré que apoyar el pie en el vacío con la convicción suficiente para que se formen los tablones, para que el escenario se extienda bajo mis pies. Pero no tengo ni seguridad para avanzar, ni motivos.
La verdad, ha sido una suerte que todo fuese un sueño. Jamás me he alegrado tanto de despertarme escuchando a mi hermana poniéndome a parir de fondo.
Aunque bien mirado, la vida es sueño, y según escribía todo esto me he dado cuenta de que las metáforas que mi mente es incapaz de proponer conscientemente lo hace en sueños. Y me estremecen por dentro, hace que me tiemble hasta el alma, si es que sigo gastando de esas.
Por hoy ya está bien. Total, no sé para qué tengo un blog, si no aporta nada a nadie. Ni a mí mismo.
Iban a ir conmigo, pero me dijeron que me adelantase. Pero después nadie vino. El viaje era una broma. Alguien pensaba que era muy gracioso mandar a alguien a Málaga solo para que cuando esperase a alguien, tuviese que darse cuenta solo de que no iría nadie más. Estaba en mitad de ninguna parte, sabiendo que, salvo esas dos personas que casi diría que odio, no conocía a nadie.
En otras circunstancias, habría intentado conocer a alguien. Habría intentado hacerme al terreno, camuflarme, ser parte del todo, moverme armoniosamente, como puede moverse una gota de agua en medio del mar. Pero yo soy yo, mis tonterías, mis estupideces y, ante todo, mis circunstancias.
Después desaparecí. Nadie sabe dónde estaba, ni yo sabía dónde estaba nadie, incluido yo mismo. Solo veía un escenario, a mis pies. Se extendía inmenso sobre el suelo. Solo había espacio a mis espaldas, estaba al borde, por mucho que retrocediese. Es el primer escenario en el que estoy que me ha provocado vértigo. Me giraba 180º y el espacio se colocaba a mi espalda siempre, como mi sombra, sin que pudiese girarme para verlo. Sabía que estaba allí, era consciente, pero no había forma de llegar. Porque ese espacio ya está caminado, lo que queda delante, que no es nada, es lo que tengo que caminar aún.
Imagino que tendré que apoyar el pie en el vacío con la convicción suficiente para que se formen los tablones, para que el escenario se extienda bajo mis pies. Pero no tengo ni seguridad para avanzar, ni motivos.
La verdad, ha sido una suerte que todo fuese un sueño. Jamás me he alegrado tanto de despertarme escuchando a mi hermana poniéndome a parir de fondo.
Aunque bien mirado, la vida es sueño, y según escribía todo esto me he dado cuenta de que las metáforas que mi mente es incapaz de proponer conscientemente lo hace en sueños. Y me estremecen por dentro, hace que me tiemble hasta el alma, si es que sigo gastando de esas.
Por hoy ya está bien. Total, no sé para qué tengo un blog, si no aporta nada a nadie. Ni a mí mismo.
7.8.14
Non-winged flight
Supongo que no se puede mantener el vuelo si no hay nada que te sostenga. Alas. O lo que quiera que sea. Puedes elevarte, pero lo que pretendes que sea un vuelo, que te lleve lejos, a otras tierras, a otros mundos, salir de tu universo aleteando, mirándolo como pidiendo perdón. No es su culpa, será tuya, pero no es aquí donde debo estar.
Esa elevación, mientras giras la cabeza con la mirada preparada, se termina antes de que nadie se dé cuenta de que te has levantado. Tú querías volar y has dado un saltito. Pero aterrizas en el mismo sitio, solo que pisas mal, resbalas y te caes. Ruedas ladera abajo. Te encuentras con elementos tan naturales como la gente. Gente como piedras que te hacen daño, gente como el barro, te acelera, gente como las hojas, que te ayudan a amortiguar la caída. Gente como charcos de agua, pequeños riachuelos, que te ralentizan un poco, aunque también te dan tiempo para pensar. Y te limpian. Y gente como pequeños animales que, asustados, intentan atacarte, pensando que tienes algo en contra de ellos.
Y llegas al final de la ladera. Te encuentras magullado, confuso, desorientado, no recuerdas bien cómo has llegado allí, pero eres incapaz de olvidar que no es tu sitio. Que no es tu mundo. Que eres un extraterrestre camuflado en un cuerpo antropomorfo. Olvidas todo, salvo eso. Ya no sabes ni tu propio nombre, si alguna vez tuviste alguno.
Ya no conoces más que el fracaso y esa maldita sensación de no ser de este planeta. El mundo vive en tres dimensiones y se mueve en una. Tú te mueves en tres o cuatro. Y según el momento vives en veinte, cuarenta y dos, tres o una. Recuerdas cómo ibas a huir, volando, a despegar para jamás volver, para jamás aterrizar. Pero algo salió mal y viste la realidad. Nada de huidas, nada de vuelos.
Ahora estás en la parte baja de la ladera. Todo el mundo está arriba. Abajo sigues estando en el sitio equivocado, pero ahora también estás solo. Buscabas un lugar mejor y tan solo has conseguido silencio y soledad. Por un lado, no está tan mal, hay calma. Sigues con tus sensaciones de no pertenecer aquí, pero al menos no hay personas que te lo evidencian.
Y aún así, echas de menos esa gente, la misma que te lo evidencia, pero que lo intenta arreglar consolándote. No suele servir de nada, nunca sirve de nada, pero lo echas de menos.
Ahora cuesta asumirlo. Es difícil asumir algo tan sencillo. Es como asumir tu propia muerte, el concepto es sencillo, es algo inevitable, pero... ¿quién es el guapo, o la guapa, que está preparado o preparada para asumir, para aceptar, algo tan sencillo y tan inmenso sin preparación previa? Sin meditar, entenderlo todo, verlo, ser capaz de identificar cada elemento, y no mover ni un músculo para evitarlo, conscientemente. Nadie, supongo que nadie. Pues algo así sucede con los saltos que iban a ser vuelos. No consigues asimilarlo, aunque sea sencillo lo que sucede, no lo es tanto interiorizarlo y ser consciente.
Supongo que me gusta ser un inconsciente. Es la única forma de llevarme alguna sorpresa de cuando en cuando.
If I had to name that jump... maybe, it would be nice to call it non-winged flight.
Esa elevación, mientras giras la cabeza con la mirada preparada, se termina antes de que nadie se dé cuenta de que te has levantado. Tú querías volar y has dado un saltito. Pero aterrizas en el mismo sitio, solo que pisas mal, resbalas y te caes. Ruedas ladera abajo. Te encuentras con elementos tan naturales como la gente. Gente como piedras que te hacen daño, gente como el barro, te acelera, gente como las hojas, que te ayudan a amortiguar la caída. Gente como charcos de agua, pequeños riachuelos, que te ralentizan un poco, aunque también te dan tiempo para pensar. Y te limpian. Y gente como pequeños animales que, asustados, intentan atacarte, pensando que tienes algo en contra de ellos.
Y llegas al final de la ladera. Te encuentras magullado, confuso, desorientado, no recuerdas bien cómo has llegado allí, pero eres incapaz de olvidar que no es tu sitio. Que no es tu mundo. Que eres un extraterrestre camuflado en un cuerpo antropomorfo. Olvidas todo, salvo eso. Ya no sabes ni tu propio nombre, si alguna vez tuviste alguno.
Ya no conoces más que el fracaso y esa maldita sensación de no ser de este planeta. El mundo vive en tres dimensiones y se mueve en una. Tú te mueves en tres o cuatro. Y según el momento vives en veinte, cuarenta y dos, tres o una. Recuerdas cómo ibas a huir, volando, a despegar para jamás volver, para jamás aterrizar. Pero algo salió mal y viste la realidad. Nada de huidas, nada de vuelos.
Ahora estás en la parte baja de la ladera. Todo el mundo está arriba. Abajo sigues estando en el sitio equivocado, pero ahora también estás solo. Buscabas un lugar mejor y tan solo has conseguido silencio y soledad. Por un lado, no está tan mal, hay calma. Sigues con tus sensaciones de no pertenecer aquí, pero al menos no hay personas que te lo evidencian.
Y aún así, echas de menos esa gente, la misma que te lo evidencia, pero que lo intenta arreglar consolándote. No suele servir de nada, nunca sirve de nada, pero lo echas de menos.
Ahora cuesta asumirlo. Es difícil asumir algo tan sencillo. Es como asumir tu propia muerte, el concepto es sencillo, es algo inevitable, pero... ¿quién es el guapo, o la guapa, que está preparado o preparada para asumir, para aceptar, algo tan sencillo y tan inmenso sin preparación previa? Sin meditar, entenderlo todo, verlo, ser capaz de identificar cada elemento, y no mover ni un músculo para evitarlo, conscientemente. Nadie, supongo que nadie. Pues algo así sucede con los saltos que iban a ser vuelos. No consigues asimilarlo, aunque sea sencillo lo que sucede, no lo es tanto interiorizarlo y ser consciente.
Supongo que me gusta ser un inconsciente. Es la única forma de llevarme alguna sorpresa de cuando en cuando.
If I had to name that jump... maybe, it would be nice to call it non-winged flight.
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